Es evidente que siendo como somos, que no nos gusta la información completa, contar con todos los datos posibles a la hora de crearnos una idea más o menos clara sobre cualquier asunto, sea este importante o trivial, lo habitual es que reduzcamos nuestras ideas a media frase, limitando nuestro intelecto a un titular con el que validamos el titular en cuestión. Nos hemos acostumbrado a desprestigiar los datos, porque la información sesgada o manipulada nos hace creer que depende de quién nos la muestre. Si coincide con nuestra forma de ver la vida, información veraz. Si no es así, todo es falso, salvo alguna cosa, como diría aquel.
¿Qué hace nuestro cerebro ante algo así? Reducirlo todo hasta el punto de no tener que esforzarnos demasiado. No porque no demos para más, aunque suele ocurrir, sino porque así nos hemos dejado moldear desde siempre. Lo triste es ver cómo, en cualquier conversación entre amigos, que es donde se mueve el mundo, escuchamos simplezas reduccionistas con las que afianzamos nuestras teorías. Las premisas suelen ser así: «todos los musulmanes son terroristas», «todos los andaluces, vagos», «los catalanes, tacaños», «todo el que entra de manera irregular viene a robar, violar y a cobrar paguitas», «quien no viste con politos y chinos es un perroflauta»… Así hasta el infinito.
El problema viene cuando no queremos entender el pasado de muchas de estas personas ni el entorno en el que han crecido o los cambios brutales que han podido sufrir sus países de origen. Guerras, hambre, sequías, violaciones, asesinatos, paro o falta de recursos naturales para una alimentación digna. Solo una persona desesperada, sin ayuda de sus Estados ni redes de apoyo fiables y con familias a las que mantener, son capaces de buscar en el mar y sobre una barca destartalada, el futuro que otros les niegan donde han nacido. Nosotros, a lo nuestro, a llamar a niños, mujeres y ancianos «terroristas, gente en edad militar», porque eso es lo que han grabado en nuestro subconsciente.
Hace años, nos acostumbramos a ver por televisión aquellas terroríficas imágenes de niñas desnutridas en África, comiendo papillas y midiendo el nivel de desnutrición en sus bracitos. Nos volvimos insensibles a la hambruna porque no ocurría en nuestro entorno. Nadie pensaba que las colectas del Domund era dinero tirado. Hoy las cosas han cambiado. Cualquier gesto de una asociación o grupo de personas que luchan contra las desigualdades sociales, lo vemos poco menos que «un chiringuito». ¿En serio? ¿Nos quedamos con esa idea mientras millones de personas mueren a diario por todo el mundo, en nuestras propias costas?
Lo que tras la II guerra mundial se construyó como inicio de lo que hoy llamamos Estado del Bienestar, lleva desde el día uno cuesta abajo y sin frenos. No porque, como algunos nos mienten, sea derrochar recursos que no tenemos, sino porque las políticas basadas en el capitalismo más agresivo no quieren que ni un solo euro vaya para ayudar a los más necesitados. «Si no tienen una vida mejor es porque no habrán hecho lo suficiente». Esto es reduccionismo de manual que nos hace pasar de puntillas sobre los problemas ajenos y demostrarnos a nosotros mismos que de personas, en su definición más humana, tenemos más bien poquito.
Alguien nos ha convencido de que ayudar sin prejuicios es malo, porque se produce un «efecto llamada y provoca invasiones». Pero, ojo, que no estoy diciendo que no se controlen los accesos a los países, tampoco es eso. Me refiero a cómo se ayuda al que entra de forma «ilegal» sin nada en los bolsillos, salvo esa esperanza que a la primera de cambio nos encargamos de desbaratar. Todo esto es preocupante en tanto en cuanto de alguna manera todos esperamos «cierto orden» en el movimiento de personas. Pero llamar a estas personas invasoras, que vienen a quitarnos el trabajo, a cobrar paguitas, a saturar nuestra sanidad, etc, etc, etc, es, simplemente, despreciable.
Deberíamos darle una vuelta a todo lo que ocurre, no solo en Ceuta o nuestras costas desde hace años, sino preguntar por qué ninguna de las grandes economías del planeta se preocupa ni hace nada por corregir estos despropósitos. Quizá, al final de ese camino descubramos que quien de verdad tiene la culpa es ese sistema económico del que siempre hablo y que hemos dado por bueno, porque creíamos que llegaba para ayudarnos a todos, el capitalismo, que no entiende de personas, ni de trabajadoras, ni de falta de acceso a la vivienda, ni de un sistema sanitario sostenible en el tiempo, ni de educación de calidad para todos… Solo quiere resultados económicos rentables, y para eso, sus vasallos, políticuchos, empresas, lobbies y demás rehala de siervos bien pagados, hacen el trabajo sucio con nosotros. También en España, donde ya caminan a pecho descubierto y ni se inmutan en desvelar la verdad de sus vidas. Porque cuando un expresidente te dice con un micro delante eso de que «si nos llevásemos bien con Israel lo de Ceuta no hubiese ocurrido», ¿necesitas más datos o te hago un croquis? Pues ni por esas, que a listos no nos gana nadie. Os hago un rápido resumen: el capitalismo ataca a todo gobierno que pretende pararle los pies, y encuentra sus mejores aliados en la población que anda con lo justo para ir tirando. Así que ten cuidado si se te ocurre levantar la voz, porque irán a por ti hasta hundirte la vida, ya seas albañil, camarero o cirujano de un hospital de Madrid.
De ahí la plaga de banderas de España, carlistas y de Ceuta (ahora, aunque hace tres días nadie supiera situar a la ciudad autónoma en el mapa). Gran parte de nuestra sociedad nos enseña su ignorancia agarrándose a una bandera. Detrás, lo de siempre: eslóganes barriobajeros, reduccionismo ramplón, insultos y violencia intolerable.
Pero hagamos un breve resumen para esas personas que se preguntan por qué tanta inmigración en los últimos años o décadas. Occidente, los civilizados, ha estado durante todo el S. XX, esquilmando países de Oriente Medio en busca de petróleo y algunos recursos naturales más. Se provocaron guerras inventadas, se armaron muchos grupos rebeldes para convertirlos en aliados que hicieran el trabajo sucio para derrocar gobiernos «problemáticos» y destruimos países cuando estos se volvieron contra los poderosos. Lo arrasamos todo, sus vidas incluidas, en nombre de la paz y el progreso (solo el nuestro), provocando con los años olas de inmigrantes en busca de una segunda oportunidad tras la ruina inducida por occidente. Tras la marabunta capitalista, ahora lloramos por algo que creemos que ha aparecido de la nada. Pues no, siempre ha sido culpa nuestra. Siria, Irak, Yemen, Somalia, Senegal, Libia, Pakistán… Qué poca o nula memoria. Pero así somos, no hay más vuelta de hoja.
Por cierto, ahora que tanto se habla de inteligencia, aunque sea artificial. Dicen que el problema de la IA es que «piense por sí misma», justo lo que no hacemos nosotros. Tomemos nota pues, porque parece es que el problema es ese, que pensemos por nosotros mismos. Qué gran revolución sería. Iremos viendo cómo va todo, porque a estas alturas de la evolución, va siendo hora de que algunos caminen erguidos de una vez.
Antonio Reyes
El bar de la esquinaReduccionismo simplista
Gran parte de nuestra sociedad nos enseña su ignorancia agarrándose a una bandera