La cálida luz de principios de otoño se colaba entre los naranjos de la Plaza del Pósito, marcando las facciones, tal que Gordon Willis en El Padrino. Los niños bajaban y subían escaleras, alguna naranja sobrevolaba nuestras cabezas y apenas unas cuantas mesas ocupaban entonces aquel espacio. Era la década de los 90, cuando aquel lugar hacía de Ágora local, punto de encuentro donde, en el tardeo de los viernes, se celebraban los reencuentros, tardes de abrazos interminables y de conversaciones que también parecían no tener fin. Tres décadas antes se repetía la escena, esta vez en el Parque. Los protagonistas cambiaban de papel: los que en el Pósito tardeábamos ahora montábamos en las bicicletas de alquiler, pedaleando bajo los almeces del paseo de las bicicletas. Entraban en escena nuestros padres, con caña en mano, de pie junto al quiosco, mientras los más pequeños disfrutaban del tiovivo que había al fondo, junto a la lonja de los patos.
Hoy, perdido tal que Diógenes, busco el Ágora de nuestros tiempos. Sé que ahora tendré un papel secundario, pero me resisto a ser excluido. Las plazas colmatadas de mesas dejan cada vez menos espacio para los niños, aunque cada vez sean menos; para los mayores o para quienes simplemente quieren sentarse y encontrarse sin necesidad de consumir. Seguimos tardeando, pero más dispersos. Las terrazas han ido ganando terreno y el espacio común se ha ido estrechando. Una plaza no debería ser una extensión de una terraza: es un lugar para estar, encontrarse y reconocernos como comunidad.
Por fin visité el Centro Comercial Jaén Plaza. No había tenido necesidad hasta ahora de bajar, pero ese cine que nos quitaron de las calles hace de efecto llamada y allí me planté. Que nadie pretenda asumir este lugar como el Ágora de la actual generación. Puede ser un espacio comercial, de ocio y consumo, pero una ciudad necesita algo más. Allí todo parece pensado para comprar, comer, entrar y salir. En una plaza, en cambio, uno puede simplemente estar. No hace falta pedir una cerveza para ocuparla ni sacar la cartera para sentarse. Esa diferencia importa.
Y mientras busco aquel Ágora perdida, me pregunto qué estamos haciendo con los lugares que todavía la representan. En la Plaza de Santa María tenemos otro ejemplo: nuestro Ayuntamiento, uno de los edificios que durante generaciones ha sido referencia institucional y ciudadana, se ha planteado como futuro hotel de cinco estrellas. No es solo una cuestión de dónde se ubican unas oficinas. Es preguntarnos qué queremos que sean nuestros lugares de referencia: espacios públicos que nos pertenecen a todos o escenarios cada vez más vinculados al turismo, la hostelería y el consumo. Porque cuando abandonamos nuestros edificios públicos y dejamos que nuestros espacios de encuentro pierdan su función, también perdemos una parte de la memoria de la ciudad.
Las terrazas forman parte de la ciudad y de su actividad económica, pero su crecimiento no debería hacerse a costa del espacio que pertenece a todos. No se trata de enfrentar a quienes tienen un negocio con quienes utilizan las plazas, sino de encontrar un equilibrio. Porque quizá estemos confundiendo una ciudad llena de gente con una ciudad llena de vida. Por eso sigo buscando, como Diógenes, aquel Ágora perdido entre naranjos, bancos, bicicletas y conversaciones. Sé que aquellos viernes no volverán y que nosotros tampoco somos ya los mismos. Pero sigo creyendo que una plaza puede hacer algo extraordinario: conseguir que una ciudad deje de ser un conjunto de edificios, comercios y terrazas para convertirse en una comunidad. Allí, en el Pósito, quizá no teníamos mucho más que unos naranjos, unas escaleras y unas pocas mesas. Pero teníamos algo que ningún centro comercial puede comprar: la sensación de que aquel espacio también era nuestro. Allí olía a azahar y podías encontrarte con alguien y abrazarlo como si hiciera una eternidad que no lo veías. Eso también es ciudad. Y eso también debemos defenderlo.
Salud.