Los bancos de la Plaza de la Libertad han desaparecido. Oficialmente no se ha explicado que su retirada tenga como objetivo expulsar a quienes los ocupaban. Sin embargo, una asociación vecinal y de comerciantes se ha atribuido la iniciativa y ha celebrado su retirada, alegando problemas de suciedad e inseguridad.
Durante años, esos bancos han sido utilizados por vecinos, mayores, niños, viajeros, personas sin hogar e inmigrantes con pocos recursos, muchos de ellos africanos, que pasan allí las horas. Lo que parece incomodar no son tanto sus actos como su mera presencia. La solución adoptada ha sido simple: si no hay bancos, tampoco habrá quien permanezca en la plaza.
Sin embargo, en la Carrera, el Pósito, Deán Mazas, San Ildefonso o Navas, a pocos metros de allí, las terrazas de los bares ocupan buena parte del espacio público. En ellas también se genera ruido, suciedad y alguna bronca. Esto rara vez provoca campañas vecinales. Quizá porque quienes ocupan ese espacio son clientes autóctonos y, aparentemente, respetables. El espacio público parece ser de todos... siempre que se consuma.
La diferencia no parece estar tanto en lo que ocurre como en quién lo protagoniza. Una copa de vino en una terraza convierte la ocupación de la calle en un negocio legítimo; un tetrabrik en un banco transforma esa misma presencia en un problema social. La clave no es lo que se consume, sino quién lo consume y cuánto paga por estar allí. Resulta llamativo que se invoque la inseguridad cuando Jaén se encuentra habitualmente entre las ciudades españolas con menor delincuencia. Sin embargo, determinados discursos en redes sociales han contribuido a instalar una sensación de peligro muy superior a la que reflejan los datos, y ese miedo termina señalando casi siempre a los mismos.
Existe una palabra para describir el rechazo hacia las personas pobres: aporofobia. No molesta tanto el origen como la pobreza. El turista extranjero con dinero es bienvenido; el inmigrante sin recursos resulta incómodo, aunque realice los trabajos que nadie quiere hacer. Alrededor de las estaciones de tren y autobús de casi todas las ciudades del mundo hay personas sin hogar, migrantes y transeúntes. No desaparecen por quitar bancos; solo se desplazan unos metros. La suciedad se combate con limpieza y la inseguridad, cuando existe, con presencia policial. Eliminar el mobiliario urbano no resuelve la pobreza ni la exclusión: simplemente las hace menos visibles. La pregunta sigue en el aire: ¿queremos espacios públicos para toda la ciudadanía o únicamente para quienes pueden pagar por ocuparlos?
Salud.