De la visita de líder de la ultraderecha a nuestra provincia, me quedo sólo con el miedo, con la indignación y el sentimiento de haber sido absorbido por la foto carcomida de un tiempo de alcanfor y brillantina, de camisas azules y libros prohibidos, de mentiras sagradas que parecen revivir.
Un miedo que se me hace sideral cuando observo una foto en redes, en la que un chaval, un adolescente que, con gesto de complacencia, posa junto a la figura del líder, del adalid del odio y la mentira. Como pie de foto, dos palabras que me arañan: MI JEFE. Dos palabras que me avergüenzan en el grado de responsabilidad que me corresponda como docente y como ciudadano.
Cuántas cosas hemos hecho mal para que una persona, en edad de convivir de forma natural con la utopía, se muestre sonriente junto a esta barbarie distópica. Poseído, además, por una rebeldía degradada, contra natura, que, en vez de romper barreras, pone barrotes y encarcela el pensamiento y la razón. Me pregunto, con sus pocos años, que conocerá de la historia de su país y quién se la habrá contado.
Una profesora de secundaria, hace unos meses, se quejaba de que, en muchos centros escolares, alumnas y alumnos acababan la enseñanza obligatoria, es decir, aquella que nos debiera transmitir los valores de la democracia, sin conocer el siglo XX. Estoy seguro de que no será ésta la única razón para explicar esta pandemia reaccionaria que sufrimos, ni siquiera estará entre las diez con más peso, pero, bueno será que, a partir de ayer, comencemos a sumar grano a grano hasta volver a recuperar la playa.