Sobre nuestras piedras lunares

Manuel Montejo

La falsa inevitabilidad de Feijóo

En política, y especialmente en España, no gana quien parece que va a ganar, sino quien es capaz de construir una mayoría parlamentaria viable

Hay una idea que flota en el ambiente político español como si fuera ya un hecho consumado: que Alberto Núñez Feijóo acabará siendo presidente del Gobierno más pronto que tarde. Que la “etapa Pedro Sánchez” está amortizada, y que solo es cuestión de tiempo que se produzca el relevo. Es una de esas narrativas que se repiten tanto que acaban pareciendo inevitables.

Y, sin embargo, cuando uno rasca un poco, la inevitabilidad empieza a resquebrajarse.



Porque en política, y especialmente en España, no gana quien parece que va a ganar, sino quien es capaz de construir una mayoría parlamentaria viable. Y ahí es donde el análisis deja de ser intuitivo para volverse incómodo.

El primer elemento que conviene poner sobre la mesa es la estructura de bloques. La derecha española, hoy, no es autónoma: depende de Vox para gobernar. Esto no es una opinión, es aritmética. Y esa dependencia tiene consecuencias políticas profundas.

No porque Vox “mande” en el bloque —una simplificación frecuente—, sino porque condiciona sus límites. El Partido Popular necesita a Vox para sumar, pero ese mismo vínculo le dificulta expandirse hacia el centro. Es una tensión clásica: cuanto más se acerca a su socio necesario, más se aleja del votante moderado; cuanto más intenta parecer moderado, más arriesga la fuga de votantes hacia su derecha.

Ese equilibrio inestable define el espacio político de Feijóo mucho más que cualquier error puntual.

A partir de ahí, suele aparecer otro argumento: el del “original y la copia”. La idea de que, llegado el momento, el votante preferirá a Vox como opción ideológicamente más pura frente a un PP que intenta abarcar demasiado. Es un razonamiento atractivo, pero incompleto. En España, cuando hay expectativa real de gobierno, el voto de la derecha tiende a concentrarse. El llamado “voto útil” sigue operando, especialmente en contextos de cambio.

Por tanto, el problema no es tanto que el PP pierda automáticamente votos hacia Vox, sino si es capaz de generar la percepción de que votar al PP sirve para algo más que para quedarse a medio camino.

Y aquí entramos en el terreno decisivo: el liderazgo.

Durante mucho tiempo, Feijóo fue un candidato proyectivo. Cada cual veía en él lo que quería ver: gestión, moderación, solvencia, alternativa tranquila. No necesitaba exponerse demasiado porque su valor residía precisamente en no ser Sánchez. Pero ese tipo de liderazgo tiene una fecha de caducidad: en el momento en que se convierte en opción real de gobierno, deja de ser una promesa y pasa a ser un examen.

Y en ese tránsito, algo se ha torcido.

No tanto por grandes errores, sino por una acumulación de pequeñas inconsistencias, vacilaciones y falta de relato propio. Feijóo no ha conseguido construir una narrativa política reconocible más allá de la oposición a Sánchez. No es nada por si mismo, ya que sus carencias han quedado demasiado expuestas. Y eso, en política contemporánea, es una debilidad estructural.

Mientras tanto, Sánchez —con todos sus costes, sus contradicciones y su desgaste— sigue demostrando una capacidad notable para sobrevivir en entornos adversos. Domina el marco de la conversación pública, resiste crisis que habrían tumbado a otros y, sobre todo, mantiene una habilidad clave: la de articular mayorías, aunque sean incómodas o inestables.

Esa es una diferencia sustancial. Porque al final, la política española no se decide en quién gana las elecciones, sino en quién puede gobernar después.

Por eso resulta precipitado dar por hecho el desenlace. No porque Feijóo no tenga opciones reales —las tiene—, sino porque su camino está mucho más condicionado de lo que parece. Su problema no es ideológico, ni siquiera estrictamente estratégico. Es, sobre todo, de credibilidad política en sentido amplio.

No basta con parecer una alternativa. Hay que convencer de que se puede gobernar sin abrir más incertidumbres de las que se pretende cerrar.

Y ahí es donde aparece la verdadera incógnita: ¿hasta qué punto el electorado percibe que un gobierno del PP apoyado en Vox es una solución o un riesgo?

Si el deseo de cambio pesa más que ese riesgo, Feijóo tendrá opciones claras. Si ocurre lo contrario, el escenario se complica seriamente.

En ese contexto, la frase que mejor resume su situación no es grandilocuente ni épica. No tiene que ver con voluntades personales ni con ambiciones frustradas.

Es más sencilla, casi quirúrgica: no es que no vaya a ser presidente porque no quiera. Es que puede no serlo porque no ha conseguido que suficientes votantes crean que puede serlo sin coste.

Y en política, esa diferencia lo es todo.