Cada primavera, las calles de Jaén amanecen cubiertas por ese manto plateado o gris, acompañado del chirriar particular de los neumáticos al pasar; un sonido que a muchos nos evoca años de juventud y fechas tan señaladas como es nuestra Semana Santa. Sin embargo, como ocurre cada año, lo que para unos es nostalgia, para otros es motivo de queja y es que, nunca llueve a gusto de todos: que si la cera ensucia, que si es peligrosa...
A mi parecer, reducir la cera a un simple residuo en el asfalto es no comprende la esencia misma de la Semana Santa, porque esto es mucho más que un "chorreón" en el suelo. Quien solo ve un problema de limpieza en una mancha de cera, se está perdiendo la belleza del sacrificio de quien la puso allí. Para mí la cera es mucho más, es el rastro del paso de Dios y su Madre; es el testimonio de las promesas, de oraciones en silencio y de una luz que ha vencido a la oscuridad. Criticar la cera en estos días es como quejarse de los restos de ceniza y humo que dejan los tirajillos quemados en las lumbres de San Antón, de los mantos de romero y sal de colores al paso del Corpus o de los pétalos tras un momento de efusión tras el paso de la Virgen: es, en definitiva, relegar a la esencia misma del escenario, en un cúmulo de basura.
Querer encapsular esa entrega en recipientes de plástico o, como algunos sugieren, sustituirla por velas eléctricas, es despojar a las cofradía de su misticismo. Romper una línea visual que ha permanecido inalterable durante siglos por una cuestión de horas, algo que se resolvería fácilmente con un servicio de limpieza eficiente tras el paso de las hermandades.
Entiendo que debemos velar por la seguridad y la limpieza, pero no podemos permitir que el pragmatismo moderno despoje a nuestras tradiciones de su carácter más auténtico. No podemos permitir que lo que aún nos queda de identidad se diluya por una simple cuestión de comodidad.
En cuanto a esto, hablemos de lo verdaderamente preocupante y no entremos en lo superfluo. Me refiero esas calles llenas de suciedad y esos pub desbordados. Donde gente más preocupada por la diversión y la cerveza deja rastros que sí son una verdadera vergüenza: orines en las piedras de templos con siglos de historia, botellas y vasos rotos en los jardines, bolsas de plástico y restos de comida por el suelo. Ese es el verdadero daño, el auténtico incivismo que asfixia a nuestra ciudad durante todo el año y que la catapultó al puesto número uno de las ciudades más sucias de España en 2023 según la OCU. Un "honor" que, desde luego, no creo que se deba a la cera, las flores o el incienso.
No le pongamos puertas al rito. Dejemos que la cera siga llorando a compás, como decía Antonio Rodríguez Buzón porque ese llanto no ensucia, solo recuerda quiénes somos:
"A compás la cera llora
cuando viene de regreso,
quedando en el aire preso
todo el grito que le implora.
Su luz el rostro le dora
dibujándolo en sonrisas..."
Francisco Jesús Castro Liébanas
TribunaAl compás la cera llora
Querer encapsular esa entrega en recipientes de plástico o, como algunos sugieren, sustituirla por velas eléctricas, es despojar a las cofradía de su misticismo