Escribo a solo unas horas de que se inicie la campaña electoral de las elecciones autonómicas andaluzas, señaladas para el 17 de mayo 2026. Los sondeos dicen que ganará el actual presidente del PP Juanma (así aparece en los carteles) pero todavía hay dudas de que pueda gobernar en solitario a pesar de su alabado liderazgo transversal. La candidata del PSOE (‘superwoman María Jesús Montero’) reza para no bajar de 30 diputados y Abascal (VOX) enciende velas para impedir la mayoría absoluta del PP y, así, en ese escenario, imponer su relato de la “prioridad nacional”, como ha ocurrido en los pactos firmados por PP y VOX en Extremadura y Aragón. Las formaciones “Por Andalucía” y “Adelante Andalucía” cuentan muy poco según todos los sondeos, aunque caben sorpresas.
En estas circunstancias, tendríamos que convencernos (sobre todo los políticos) de que hay cosas que son de todos, aunque solo estén en nuestras manos, y a todos nos corresponde su última utilidad y defensa. De ninguna manera ha de permitirse que nadie se beneficie en exclusiva de los bienes comunes, y trastoque la jerarquía del bien público y el bien particular. No podemos confundir -muchos políticos y dirigentes lo hacen- fines y medios. Al final, todos los principios éticos y morales se resumen en una sencilla, antigua y olvidada regla práctica: no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros. Los valores (y, a su través, la satisfacción de las necesidades humanas, que no otra cosa es el Bien Común) son la infraestructura moral básica e indispensable de toda sociedad justa, y de cualquier empresa o institución que quiera obtener el preciado título de organización ciudadana: aquella que, además de cumplir con su deber y con la ley, promueve y desarrolla el Buen Gobierno, ayuda a resolver los problemas que preocupan e inquietan a los ciudadanos y ciudadanas; practica el dialogo y las relaciones de equidad con todas las partes interesadas, se comporta éticamente y se compromete social, solidaria y activamente con la Sociedad, como querría y dejo escrito Cicerón hace veinte siglos.
Recurro, como otras veces, a la cita de Arthur Miller cuando decía que una época termina cuando sus ilusiones básicas se han agotado, y eso -me temo- ya ha sucedido y se manifiesta cada día. Me pregunto que nos ofrecen nuestros políticos ahora, en esta nueva campaña electoral andaluza: Nada. Nada de nada, salvo los manidos recursos de las obras públicas que nunca se harán, de las promesas que nunca se cumplirán, de trenes que nunca llegarán y, como está mandado, de muchas subvenciones y recurrentes inversiones millonarias ya comprometidas desde hace años. Algunos ofrecen recortar/modificar derechos y hasta se olvidan de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, empeñados en “que las cosas sean como deben de ser”, que no sé exactamente lo que significa, y ellos tampoco.
Perdidas las ilusiones, los ciudadanos de a pie nos instalamos en el “laissez faire, laissez passér” y ahí nos las den todas, olvidando que dejar hacer y dejar pasar es la fórmula que puede conducirnos al desastre. El futuro, escribió Borges, no es lo que pasará: el futuro es aquello que haremos desde hoy, dejando claro que el futuro se construye hablando menos (y no haciendo promesas que se incumplen siempre) y trabajando más, de consuno, hombro con hombro. Y eso es lo que toca.
Yo le pido a los políticos que se dejen de tonterías y engañifas, que trabajen en solucionar problemas y no en crearlos y que, entre todos, nos den un nuevo contrato social que transforme a España en un país más decente y mejor y donde todos quepamos; con política de viviendas, infraestructuras fiables y servicios públicos eficientes que podamos disfrutar sin sobresaltos. Necesitamos conjugar libertad y justicia -las columnas de la democracia- para ejercer el derecho y el deber de ser responsables, para participar en un nuevo escenario, más humano y habitable, donde desaparezca la corrupción y se atiendan las voces de los que luchan por la injusticia social; un lugar en el que seamos capaces de, juntos, vivir la libertad de ser libres y, por tanto, iguales.