En estas horas trágicas por el accidente ocurrido en Córdoba, vamos a fijar la vista en la celebración este sábado de una nueva edición de la Carrera de San Antón en nuestra ciudad. Como cada año, pasados unos días la valoración general ha sido unánime: éxito. Récords de participación, cifras que superan a las ediciones anteriores, imágenes de una ciudad volcada en la calle y una sensación compartida de orgullo colectivo. No es un relato exagerado ni impostado. Es real. La carrera crece, mejora y se consolida año tras año.
Pero precisamente por eso merece la pena detenerse un momento y reflexionar con algo más de profundidad, sin estridencias ni reproches, simplemente intentando entender qué explica ese éxito y, sobre todo, qué margen existe todavía para hacerlo aún mayor.
Porque hay una sensación que se repite entre muchos jiennenses: que San Antón es grande, en buena medida, por la gente. Por la ciudad. Por una ciudadanía que ha hecho suya la carrera y todo lo que la rodea. Y que, en ocasiones, las instituciones —el Ayuntamiento, este y otros, gobierne quien gobierne— han ido más a rebufo que a la cabeza. No por dejadez, ni necesariamente por falta de voluntad o capacidad, sino por inercias, limitaciones y una manera de gestionar que a veces se queda corta frente al potencial real del acontecimiento.
Es evidente que las limitaciones económicas del Ayuntamiento pesan. Jaén no es una ciudad sobrada de recursos, y eso condiciona cualquier política pública. Pero no todo es una cuestión de presupuesto. En ocasiones, también es una cuestión de enfoque, de ambición compartida y de capacidad para pensar los grandes eventos como algo más que una cita que hay que sacar adelante cada año.
San Antón es un buen ejemplo de ello. Y basta recordar lo ocurrido en 2016.
Tras varias ediciones en las que se comprobó que la carrera celebrada en sábado multiplicaba la participación y el impacto, se planteó seriamente la posibilidad de trasladar de forma permanente tanto la carrera como las lumbres al sábado más próximo al día de San Antón. La idea era sencilla: reforzar el vínculo entre prueba deportiva y fiesta popular, relanzar ambas y adaptarlas a una realidad social en la que cada vez resultaba más difícil mantener las lumbres en la noche del día 16, especialmente para las asociaciones vecinales.
Aquel debate fue público, pero sobre todo fue intenso en los espacios internos donde se toman las decisiones. Y, como casi siempre en Jaén, estuvo atravesado por intereses personales y de grupo, los mismos que tantas veces dificultan que la ciudad avance con paso firme. Pero también hubo algo poco habitual: un cierto consenso de fondo. La percepción compartida de que unir carrera y lumbres, y llevarlas al sábado, podía ser la mejor manera de fortalecer ambas tradiciones sin renunciar a su esencia.
Quienes vivimos aquel proceso desde dentro recordamos la sensación —rara, casi excepcional— de que, si se trabajaba con lealtad, si se evitaban las zancadillas, si se priorizaba lo importante sobre lo accesorio y se daba tiempo para evaluar los resultados, Jaén podía dar un paso adelante necesario. La tradición y las costumbres deben mantenerse, pero no siendo inmóviles, sino progresando y adaptándose para poder persistir. Y decisiones como estas, que implican valentía y seguridad, se refuerzan cuando son compartidas. No fue un acuerdo perfecto ni plenamente visible, pero sí una muestra de que, cuando se alinean voluntades, esta ciudad es capaz de avanzar.
Desde entonces, San Antón no ha dejado de crecer. Y hoy es, sin discusión, el mayor acontecimiento popular, cultural y deportivo de Jaén, quizá solo comparable en dimensión simbólica al Abuelo. Precisamente por eso, parece razonable plantearse si ha llegado el momento de dar un paso más.
No para criticar lo hecho —que es mucho y valioso—, sino para preguntarnos qué podría ser San Antón si el Ayuntamiento, la ciudad y sus colectivos se volcaran de forma decidida en convertirlo en algo que se viva no solo un día, sino durante semanas. En un acontecimiento que impregne la vida cultural, deportiva y social de Jaén. En una verdadera seña de identidad contemporánea. Y recordar lo que ocurrió en aquel 2016 podría servir de ejemplo para el reto que esta ciudad, se asuma o no, tiene por delante. Un evento propio y con capacidad para servir de punto de inflexión, no puede desperdiciarse por dinámicas insuficientes y limitaciones superables.
Las posibilidades son muchas y no especialmente revolucionarias: una programación cultural paralela, actividades previas vinculadas al deporte y la salud, implicación del comercio local, espacios para la música, la gastronomía y la convivencia, una narrativa de ciudad que sitúe a San Antón como lo que ya es de facto: una celebración colectiva que trasciende la carrera. Muchas de ellas se han hecho, se hacen y se han propuesto, pero quizás va siendo hora de darle una dimensión mayor. Todos los años, el Ayuntamiento organiza y propone ideas; empresas jiennenses dan un para adelante para embellecer, engrandecer y transmitir todo lo que conlleva la fiesta y la carrera; colectivos y asociaciones trabajan, cada vez con menos medios, para mantener nuestras lumbres; etc. Pero, y no sé si están de acuerdo conmigo, siento que se puede hacer mucho más.
Desde buscar la forma de aumentar la participación en la propia carrera, cueste lo que cueste, hasta ampliar las dinámicas de participación de empresas, colectivos y ciudadanos, tanto antes como después del evento, en necesario convertir San Antón en un atractivo mayor más allá de la carrera y las lumbres que ya tenemos, para incrementar la visibilidad y la narrativa de esta gran fiesta.
Es imprescindible fortalecer el componente cultural asociado al deporte, ya que la experiencia de otros eventos similares demuestra que la confluencia de deporte, cultura y gastronomía en un mismo programa puede transformar un acontecimiento local en una verdadera celebración multitudinaria.
Todo ello requiere coordinación, planificación y una apuesta clara por pensar en grande. No necesariamente más dinero, sino mejor estrategia. No más ruido, sino más proyecto. Se requiere integrar San Antón en una estrategia de ciudad a largo plazo, ya que trascender lo que ya se ha conseguido pasa por que deje de ser una iniciativa y un trabajo de cada año sin una hoja de ruta definida, definida desde ya y compartida con toda la ciudad, para conseguir así que el evento crezca de forma sostenible y transversal.
San Antón, la carrera, es ya un éxito cuantitativo y cualitativo reconocido, pero hacerla más grande implica ampliar el concepto para abarcar más ámbitos de la vida jaenera, impulsando a nuestra ciudad en la planificación y ejecución del evento y transformando la percepción y el impacto del evento en Jaén a medio y largo plazo.
San Antón demuestra cada año que Jaén responde cuando se la convoca. Quizá ha llegado el momento de que las instituciones respondan con la misma ambición tranquila, con la misma constancia y con la misma confianza en la ciudad que la ciudad demuestra tener en sí misma.
Porque cuando Jaén va unida, incluso sin darse demasiada importancia, suele ir por delante.