Manuel no recuerda su nombre, no sabe que ha sido un gran poeta, no reconoce a sus hijos. Padece la enfermedad del olvido. ¿Lo ha olvidado también Jaén? ¿Se olvida Jaén también de sí misma?
Permítanme que hoy escriba esta modesta crónica contra el olvido en honor de Manuel Lombardo, abogado y poeta, que sobrevive con alzhéimer, en un estado apacible como un niño de ocho décadas, con el amor y el cuidado de su mujer, Carmen, y de una red social de cuidadores, gracias, entre otros apoyos, a la Ley de la Dependencia que aprobó el parlamento español en la etapa de gobierno de Zapatero.
Es un poeta singular recordado, quizás, tan solo apenas por los escritores y los lectores de poesía de mi generación, aunque aún es admirado por quienes aprecian la singularidad de su obra, recogida en más de una decena de libros. A nivel andaluz tuvo su reconocimiento por haber sido el único jiennense en una notable obra: “Degeneración de los 70. Antología de poetas heterodoxos andaluces” (Córdoba, 1978) que editó la revista “Antorcha de paja”, junto con poetas que llegaron a ser muy reconocidos a nivel andaluz y nacional como Justo Navarro, José Infante, Fernando Merlo, Juan de Loxa, Álvaro Salvador, Antonio Jiménez Millán, entre otros.
Entre ellos, Manuel Lombardo es, por su estilo directo y rotundo, el mejor ejemplo de una poesía social de la Transición que evolucionó progresivamente hacia una poesía crítica y radical contra la injusticia y la mentira institucionalizada.
Fue mi profesor de bachillerato en el IES Virgen del Carmen, en los últimos años de la Dictadura franquista. Tan atrevido y valiente que, a pesar de dar la asignatura con el pomposo nombre de Formación del Espíritu Nacional, adoctrinadora materia que nos enseñaba los principios del estático Movimiento Nacional, y contrariamente a la letra del libro de texto oficial, abominaba abiertamente de Franco y nos enseñaba valores democráticos y, en especial, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1945. Por lógica del sistema imperante, duró muy poco como docente, pero dejó una impronta de dignidad y rebeldía en sus alumnos.
Ayer mismo lo visité, evidentemente no se acordaba de mi, ni como antiguo alumno, ni como editor de dos de sus libros “Carne de letra” y “Noemas y nademas”. Ya ha olvidado a los amigos que lo seguimos queriendo. Él ignora también que Alfredo Infantes ha reunido una selección destacada de toda su poesía para una Antología Esencial que esperemos vea pronto la luz. Tampoco sirvió de nada que le contase mi intención de hacer una reedición no venal de su primera obra “Ahora Blancanieves cojea algunas veces de mi mano” con motivo del que será su ochenta y dos cumpleaños, un día tan significativo en el calendario cultural, como el próximo 23 de abril.
Quisiera rendirle un homenaje a Manuel Lombardo y reunir a personas que lo conocieron en otras décadas e invitarles a escribir un texto breve, como parte de un prólogo colectivo de pequeñas anécdotas o reflexiones, bajo el genérico título de “Recuerdos que él ya ha olvidado”. Si es así, espero sus sencillas aportaciones contra el olvido.
En los mercados del cambio el patrón oro sube, pero la palabra escrita padece una gravísima desinflación económica. A base de mentiras reiteradas y amplificadas en proporción geométrica por las redes sociales, la confianza y la credibilidad de las palabras parece casi nula, sordas y ciegas a la razón y a la belleza.
Ser poeta en un mundo así puede ser tan arriesgado como inútil, un florido ejercicio de egos e incomprensiones, salvo que, honestamente, los escritores profesen y defiendan aún la fe en las palabras y en una cultura humanista como hace también este medio ExtraJaén. Sentir, acción y misión generosa que les agradezco a todos.
Síntomas colectivos
La grave disfunción del alzhéimer parece crecer en otras personas que conocemos y puede oscurecer nuestra mente en un futuro. Ojalá se frene pronto invirtiendo muchos más recursos en investigación. Pero, ahora me pregunto, ¿padecemos también síntomas de la enfermedad del olvido cultural y social en Jaén?
Suelo preguntar por personas significativas y concretas que están elevando la calidad de nuestra provincia y me encuentro con un desconocimiento generalizado, tal vez por falta de curiosidad y de interés por los demás o en, demasiados casos, por una clara “desvertebración informativa”. Otras veces, cuando sí sabemos el quehacer de personas valiosas, cuando las tenemos cerca, se nos olvida agradecerles su labor o reconocer sus méritos. No sé si por timidez, descortesía, por un mal hábito, por no equivocarnos o por envidia secreta.
Un territorio que de forma cotidiana da poco las gracias, que no reconoce ni valora los méritos de tantos creadores o tantos buenos profesionales o empresarios de cada sector, es un territorio mezquino; en consecuencia, más pobre. Por el contrario, una provincia que valora, da las gracias por lo bien hecho, que elogia y promociona a sus mejores activos… fortalece sus redes humanas contra el contagio progresivo del individualismo, de la desvertebración y de la miseria social y económica.
Es cierto que ahora en Jaén abundan numerosos premios oficiales a personas que ya han triunfado, y eso está bien, pero yo me refiero a los reconocimientos cotidianos a quienes quieren una provincia mejor, aquellos que el sentirse reconocidos les supone una modesta energía para perseverar en su labor y para seguir superándose para dar lo mejor de sí mismos.