“Sed humanos”. “Buscad la verdad”. “Cambiad la historia con el amor”. Nihil novum…, buen intento, Santo Padre. Malos tiempos para la lírica, León, la llevas cruda. Te lo dice uno de humanidades, uno de esos locos de capa caída o brazos bajados que lleva un tiempo buscando la comprensión de la verdad y la belleza a través del arte e instando a su alumnado a la reflexión desde la palabra y la literatura con el objetivo de acercarse a lo humano e intentar entender algo, pero nada. Esta sociedad va por otros derroteros. Otro Papa que rema a contracorriente, otro Papa que clama en el desierto, otro Papa que quiere echar a los mercaderes del templo, otro Papa que denuncia en el Congreso a esos sepulcros blanqueados que proclaman una cosa y hacen la contraria, que aplauden las miserias del otro con una viga en su ojo… Si antes ya metió el dedo en la llaga un jesuita, Francisco; ahora lo hace un agustino. Ambos han sido políticamente incorrectos como en su momento lo fuera Jesús, con su revolucionario mensaje de amor y perdón. Como agnóstico unamuniano (la duda agónica, ya saben), alejado de dogmas y escéptico en general, he de reconocer la valentía de Francisco y León como personas, me gusta la gente que arriesga y va a contramano. También es cierto que se lo pueden permitir.
El caso es que metió el dedo en varias llagas. El ansia de poder y el egoísmo siguen provocando guerras y hambre; el odio y la avaricia aún desencadenan muerte y destrucción; poder, egoísmo, odio y avaricia generan desasosiego y desigualdad. Ante este “paisaje de ceniza absorta” (verso cernudiano), donde se pierde la fe, falta la esperanza y queda poca caridad, el Papa apeló a la misericordia, pero no a la impostada, a ésa de dar sólo lo que sobra; sino a aquella misericordia de Zaqueo, que compartió la mitad de sus bienes con los pobres y devolvió el cuádruple a quienes había defraudado. O sea, apeló no sólo a dar limosna sino a compartir. Como ven, un discurso lleno de buenas intenciones ante unas multitudes entregadas al mensaje del heredero de Pedro que no dejó de ser un ojalá, un brindis al sol, sin milagro de panes ni peces, porque ya nadie escarmienta en cabeza ajena. Y todo en riguroso directo y con una amplia cobertura, lejos del alcance de otros mandatarios, de hecho, tanta retransmisión se ha hecho un tanto “hartaíza”, como decimos por estos lares.
Unos cuantos criticaron ese discurso de apología perpetua de la resignación católica, incluso de obediencia ciega; asimismo criticaron la infinita complacencia y el exhibicionismo en ciertos gestos con los desfavorecidos, más aún cuando incoherentemente se celebraron a pompa y boato varias ceremonias suntuosas con un despliegue de medios descomunal (demasiada pleitesía, con Falcon de despedida y cierre). Recordaba yo a Lorca, quién en su poema “Desde la torre del Chrysler Building” denunciaba no sólo la opulencia y poderío del Vaticano in illo tempore (tras la firma de los Pactos de Letrán entre Pío XI y Mussolini), sino también esa idea de pecado que siempre transmite en paralelo la iglesia, que ostenta la franquicia del arrepentimiento, el monopolio del remordimiento y la exclusiva del sentimiento de culpa. A Dios lo que es de Dios…
Otros cuantos, en este caso muchos, muchísimos católicos, recibieron al Papa entre aclamaciones y al son de trompetas, aplaudieron a rabiar a su paso por calles y plazas
(¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!), rezaron con fervor y asistieron con ilusión a los encuentros con el Santo Padre, a quién escucharon con intensa devoción y extasiados para afianzar su credo y su fe. Dios está vivo, Dios no ha muerto, la religión sigue siendo el opio del pueblo, por mucho que les pese a terapias de tercera generación, filosofías alternativas y pseudociencias esotéricas, meros opioides alternativos (junto a las pantallas, los gimnasios y el deporte).
En fin, liturgia, teúrgia y taumaturgia mezcladas, no agitadas, en un mismo cóctel para subsanar la necesidad de apego, la necesidad de mantener vínculos de afecto y relaciones interpersonales inherentes a cualquier ser humano, así como afrontar el miedo al envejecimiento, la enfermedad y la muerte en una sociedad saturada de un superyó pueril, un individualismo estético, no ético, que aboca a la epidemia de soledad e incertidumbre que todo lo asola.
Pero volvamos al mensaje de León XIV: humanidad, verdad y amor. Esto ya lo simplificó Antonio Machado, quién versificó que más que ser una persona al uso que sabe su doctrina, habría que ser, en el buen sentido de la palabra, una buena persona, esto es, una persona de bien; ya ven, la difícil sencillez del maestro. Y es que, papas y religiones aparte, la lucha y la reivindicación de cualquier individuo debería ser la bondad, ese instinto heredado, innato en la especie humana, pero cada vez más ignoto, más desconocido y ajeno. Darwin ya entendió que la bondad era esencial en nuestra naturaleza, como animales en manada que somos, para la subsistencia. Otros científicos como Davidson, Kagan o Goleman confirmaron la importancia del ejercer de la bondad (p.ej., a través de la gratitud o el cuidado), así como de sentir ciertas emociones (como la ternura o la compasión) y desarrollar cualidades como la cooperación o la solidaridad para un óptimo desarrollo neuronal y el normal rendimiento de un cerebro sano.
Escribo esto el 29 de junio, día de San Pedro, tres semanas después de la visita papal. Como era de esperar, las palabras se las llevó el viento, los conflictos del mundo se han perpetuado, atenuados por el anestésico Mundial de fútbol. Ha tenido que ocurrir una catástrofe mayor, el terremoto de Venezuela, para que se activen al máximo los mecanismos y recursos de ayuda humanitaria, para que emanen la empatía afectiva (conectar y emocionarse por los demás) y la simpatía (sentir lástima o compartir el sufrimiento). Y así vivimos, presos de una existencia paradójica, antípodas de nosotros mismos.