La bisagra

Raúl Beltrán

Barro en los zapatos

Ahora el barro casi no habita en los zapatos. Ahora, el fango crece opulento, sobón y zalamero en el alma, en el mismísimo centro del corazón

Hay muchas herramientas para medir los niveles de pobreza de un barrio: la renta disponible, el índice de vulnerabilidad urbana, la población sin estudios, el abandono escolar, el desempleo, la precariedad laboral, la infravivienda o la pobreza energética.

Pero hubo otro indicador más cotidiano, que no precisaba de más recursos que del sentido de la vista. El barro en los zapatos fue durante muchos años el signo más elemental y fiable para constatar que la cartilla de ahorro no daba para pisar el suelo firme acerado con parterres de flores que crecían allá en el centro. Los nuevos barrios surgieron en los setenta como setas en los campos con un vial alquitranado que los unía al árbol urbano reseco por el tiempo.



Polvo y barro en los zapatos como complemento, como accesorio de la moda de los arrabales, de los polígonos donde creció la nueva sabia del infortunio social en contraste con la refulgencia del centro.

Pero antes hubo otro barro, el que se pegaba a las suelas cada vez que muchos padres y abuelos tenían que salir a la letrina del patio, el que les cubría hasta los tobillos cuando rebuscaban aceituna después de varios días de lluvia o el que dejaban en el empedrado de las calles de vuelta a sus casas. Sin embargo, entonces, el barro era tan útil como las legumbres o el pan. Era un recurso de superviviencia para hacer cazuelas, pucheros y botijos, para levantar casas, para arreglarlas o para hacer pequeñas figuras con las que jugar.

Con el tiempo, ya en los setenta, las madres procuraban que lleváramos los zapatos limpios. Usaban un barreño de agua, un trapo, sebo de cerdo y cera de abeja para sacarles brillo. Si eran zapatillas blancas, polvo de talco o bicarbonato.

Cuando entró el nuevo siglo los barrios seguían sin contar con muchos servicios públicos, entre ellos, zonas comunes y de esparcimiento propias de los tiempos que corrían. Así que muchos días, miles de vecinos, después de sacar al perro por el descampado que había frente a su piso, llegaban a sus trabajos con los zapatos sucios de barro en época de lluvias y de polvo el resto del año.

Creo que no seré el único que no le ha prestado demasiada atención a sus zapatos cuando era joven (ahora tampoco, créanme), pero para muchos de nuestros padres, el calzado y la ropa fue un camuflaje. Cuando llegaban los domingos sacaban el traje y el vestido de fiestas de guardar para pasear e ir al cine, para zafarse de la miseria diaria y acercarse, al menos unas horas, a la dignidad que les robaron.

Ahora el barro casi no habita en los zapatos. Ahora, el fango crece opulento, sobón y zalamero en el alma, en el mismísimo centro del corazón podrido de lo cotidiano. Somos como el adobe que se seca al sol hasta que pierde el olor a cieno y levanta los nuevos templos donde vivimos felices en nuestra desdicha, para ver quién es más cabrón y menos se le nota.