De entrada, qué bonita y poética palabreja se sacó alguien de la chistera. Su definición es más o menos esta: «la capacidad humana para adaptarse positivamente, superar adversidades, traumas o situaciones de alto estrés y salir fortalecido de ellas». Claro que sí, faltaría más. Me da en la nariz que, fuera del mundo color de rosa, con sus espinas de rigor, que fue un encargo. ¿Cuántas definiciones con exceso de carga estilista nos enseña este mundo capitalista para lograr que nadie levante la voz contra sus maldades? Está muy bien eso de caerse y levantarse, que el mundo es un camino de subidas y bajadas, que la vida no es color de rosa y demás frases al estilo Mister Wonderful que no van más allá de la ridícula decoración de una taza para levantarte el ánimo mientras desayunas, que nos creamos esta sarta de estupideces porque en el fondo todos somos un poco «Fresita» con su power flower y todo.
Vamos a ver cómo encaja esto de la resiliencia en la vida de algunas personas. Si al final soy yo el equivocado, os doy el beneplácito para que me reventéis una de esas tazas en la cabeza, por listo. Familias y personas mayores sacadas a rastras de sus casas por deudas ínfimas, españolas que necesitan dos o más trabajos para llegar a fin de mes, niños de familias desestructuradas sin culpa de ello que no podrán tener jamás una vida fácil, mujeres sometidas a la maldad de sus parejas, ancianos que salen a diario a la calle para luchar por unas pensiones que dignifiquen su historia de trabajo y esfuerzo (y ahora señalados como culpables de nuestra situación), seres humanos que huyen de la miseria y las guerras que mueren por el camino mientras aquí se les tacha de invasores, vidas truncadas cuando alguien decidió que meterle mano a un niño era una buena opción al amparo y protección de la santa iglesia, jóvenes que tienen que desprenderse íntegramente de sus sueldos para tener un techo bajo el que vivir, asesinados en nombre de una supuesta «seguridad nacional» en el país de las oportunidades, gente con graves patologías que igual mañana no lo cuentan porque la sanidad pública es desde hace tiempo el negocio más lucrativo que ha parido esta «patria» que algunos defienden solo para unos pocos. Os recomiendo encarecidamente que veáis la comparsa que Jesús Bienvenido lleva este año al COAC, DSAS3, para comprobar lo que estamos permitiendo.
¿Algún voluntario para explicarle a estas personas lo que significa resiliencia? ¿Alguien del fondo? ¿Nadie? Uy, veo mucha gente silbando con las manos en los bolsillos y pateando una piedra con disimulo. Esto es lo que han conseguido, que veamos estas cosas como normales y creamos que si están sufriendo todas estas situaciones es por culpa suya, de nadie más. Que no habrán hecho lo suficiente para ganar dinero, como tantos y tantos gurús económicos nos indican, vendiendo burras sobre cómo hacerse millonario con recetas milagrosas. Lo que nos ocurre es consecuencia del mundo capitalista en el que vivimos, de cómo hemos dado por buenos los eslóganes que intentan que el estatus de algunos no cambie nunca. En un mundo globalizado e hiperconectado como este, hasta los problemas sociales se han convertido en un run run de fondo que a nadie molesta. Cada cada una con nuestras movidas, ¿verdad? Que bastante tenemos con meter la mano en el bolsillo y sacar cuatro perras para una cerveza como para prestar atención a quienes más nos necesitan.
Vaya por delante que creo que somos un país solidario que siempre ha estado ahí cuando se nos ha pedido ayuda, pero no nos olvidemos que ha sido tras catástrofes terribles que han ido acompañadas de una fuerte campaña mediática, como es normal. La dana de Valencia, los aplausos a los sanitarios durante la Covid-19, los mayores que murieron abandonados en las residencias o los fallecidos y heridos en el reciente accidente en Adamuz. Sin embargo, nadie atiende las demandas de miles de personas cuyas vidas penden de un hilo por nuestro desprecio. Sí, esas de las que decimos que no habrán hecho lo suficiente para tener una vida mejor. Los seres humanos, nuestras vidas, son la consecuencia de lo que antes han sido nuestros antepasados, el entorno en el que crecemos y nos relacionamos. Existe una interconexión social que nos moldea sin contar con nuestra opinión. Desde hace años, esas conexiones se han roto por culpa de abrazar un estilo de vida basado en ignorar a los que necesitan de nuestro apoyo para no hincar la rodilla.
Algunos hemos empezado el año nada más que regular. Este que os habla ha sido uno de los afectados por los desalojos de la calle Unicef en Jaén. Cuando tienes que salir de tu casa por motivos extraordinarios, cuando sufres por primera vez una vivencia así, es cuando te das cuenta de que pocas cosas hay más importante en el mundo que disponer de un techo bajo el que vivir. Este caso, sin darle muchas vueltas a si mañana volveremos a padecer lo mismo, o pensar que te puedes quedar sin casa y seguir pagando la hipoteca, me ha servido para ponerme, más si cabe, en la piel de quienes ya han pasado por esto de una forma mucho más dramática. De las miles de cosas que he podido pensar desde el 13 de enero hasta hoy, hay una que nos transformaría como personas. Debería ser obligatorio que todo el mundo viva en primera persona diferentes situaciones dramáticas para comprender lo que millones de seres humanos sufren a diario. Sé que suena demasiado drástico, pero, visto cómo somos, creo que es la única manera de que nos volvamos mejores. Una especia de «mili social».
Ya os digo yo que nuestra vida puede dar un giro de un día para otro y ser mañana tú quien necesite de la empatía de los demás para salir del bache. Pero, ¿qué ocurrirá si esos «demás» piensan lo mismo que pensabas antes de tu desgracia? No faltará quien diga esa maldita frase puesta de moda en Valencia, lo de «solo el pueblo salva al pueblo». Mentira, una falsedad tan manipulada como excusa para que las políticas sociales sigan el rumbo torcido que tienen hoy. Al pueblo solo lo salvan políticas valientes que ponga por delante de intereses espurios de grandes empresarios a los más necesitados. Bueno, eso y pagar impuestos. Pero, como siempre ocurre, hay quien afila sus navajas para sacar rédito de las desgracias ajenas, personas despreciables sin escrúpulos que lo único que buscan es seguir engordando sus carteras a costa de los más débiles y necesitados. Empresas que ganan millones a costa de nuestra salud porque así lo deciden los políticos afines, compañías de alquiler de vehículos y transportes que suben los precios tras una tragedia ferroviaria, partidos políticos con tanto odio dentro que deberían ser excomulgados por la Santa Sede. Eso es lo que tenemos y contra lo que hemos bajado los brazos.
Ojalá nadie que lea estas palabras tenga que pasar nunca por una situación de crisis (o sí) y se vea con una mano delante y otra detrás, suplicando ayuda vecinal o social para recuperarse de un mal que nunca pensó que le pudiera ocurrir. Aún así, rezo todos los días un poquito para que esas personas despreciables que promueven políticas de odio y desprecio, sus votantes y afines que disfrutan de vidas afables, mañana se vean en la calle con lo puesto, suplicando las mismas ayudas públicas que hoy niegan para los que han visto sus vidas truncadas de golpe por una guerra o el hambre. La poeta, profesora y editora somalí Warsan Shire escribió: «Tienes que entenderlo, nadie pone a su hijo en un barco salvo que el agua sea más segura que la tierra».
¿Sabéis qué? Que pocos lo entenderán, porque, como siempre digo, la empatía supone un esfuerzo tan terrible para algunas personas, que no moverán un dedo en sus vidas por nadie. Ay de vosotros como mañana os vea en una situación difícil. Y ocurrirá, no os quepa la menor duda. Porque esos a los que ahora vitoreáis como salvadores de la patria y que se desgañitan alertando de que estamos siendo invadidos y la nula atención que le prestan a los españoles que sufren de verdad, con toda la carga de odio hacia el pobre que rezuman por sus poros, os darán la espalda cuando ya no os necesiten. Mirad lo que hace el del pelo naranja (eufemismo para que el ICE nacional no venga a por mí), que no duda en convertir en enemigo a quien ayer era un aliado solo para saciar su mente psicópata que tantos por aquí apoyan.
¿Sabréis qué estaré haciendo ante vuestra llamada de auxilio? Exacto, pateando una piedra con las manos metidas en los bolsillos porque, al igual que vosotros hoy, puede que a mí tampoco me interese vuestra situación.