Detrás de la columna

Juan Manuel Arévalo Badía

Los duros huevos de Juanma

Los centros educativos necesitan inversiones, no más promesas ni diagnósticos reiterados. Necesitan soluciones efectivas.

El tiempo —me refiero al meteorológico y a las circunstancias— me lo está poniendo a huevo. Una frase hecha. Mejor todavía: que sean dos. Me refiero a los huevos y, además, duros.

El cine nos ha dejado frases memorables, como esta de los Hermanos Marx, utilizada como respuesta a peticiones consideradas desmesuradas: «¡Y dos huevos duros!».



Todavía, y pese a estas temperaturas que derriten la sesera, la memoria no falla. Los negacionistas del cambio climático deben de tomar rabos de pasa, porque se acuerdan de lo que ocurría hace miles de años, aunque no sé si en aquella época se cantaban cuplés. Cuando en el mes de mayo, en el Grupo Escolar Mariano Velasco, llevábamos flores a María, apenas han transcurrido unas seis décadas, que son una miseria en la escala del tiempo geológico. Incluso las mañanas eran fresquitas y, en junio, caían chaparrones. Por San Pedro, en más de una ocasión, volvían las camisas de manga larga y las rebecas.

En Jaén, y en toda Andalucía, hemos convivido siempre con la «caloh». Con hache aspirada al final, para que salga ese resoplo que constituye la mejor onomatopeya de la sensación térmica. Pero ya no estamos ante aquel calor tradicional del verano mediterráneo. El verano climático comienza cada vez antes y termina cada vez más tarde. Mayo presenta ya numerosos días con temperaturas propias de julio, mientras septiembre prolonga las condiciones estivales. En ambos periodos los centros educativos permanecen abiertos, precisamente cuando el calor alcanza niveles incompatibles con la actividad intelectual.

Las aulas se convierten en espacios donde el aire apenas circula, y resulta difícil hablar de excelencia educativa soportando estas condiciones ambientales extremas. Mientras tanto, de forma paradójica, la sociedad ha asumido con naturalidad que oficinas, hospitales, comercios o centros administrativos dispongan de sistemas de climatización. Sin embargo, parece existir una cierta resignación cuando se trata de las condiciones que soportan docentes y alumnado.

La educación en Andalucía depende presupuestariamente de su gobierno autonómico, que es quien debe establecer las prioridades de gasto. El personal docente, sus condiciones laborales y la adecuación de los edificios escolares forman parte de la calidad que debe presidir la enseñanza pública. Todo esto trasciende al mero confort. Se trata de salud pública, de igualdad de oportunidades y de dignidad educativa. Porque la escuela pública debe ser un espacio protector frente a las desigualdades, no un lugar donde estas se amplifiquen.

Los centros educativos necesitan inversiones, no más promesas ni diagnósticos reiterados. Necesitan soluciones efectivas.

Al estilo de los Hermanos Marx, Moreno y su gobierno parecen considerar estas peticiones de climatización como demandas desmesuradas, y sus respuestas se llenan de explicaciones interminables y aplazamientos. Por eso me pregunto —y quizá debería hacerlo también el resto de la ciudadanía— si la política educativa no se ha convertido en una versión contemporánea de aquella vieja broma cinematográfica:

—¿Y la climatización?

—Sí, claro... ¡Y dos huevos duros!