Uno. Una ultra semianalfabeta
¿A qué personaje relevante de la política española diría el desocupado lector que le cuadra la sucinta y descarnada descripción que el periodista y escritor británico Ian Dunt ha hecho de la ex premier de su país Liz Truss: “Una ultraderechista semianalfabeta que ahora se ha convertido en una conspiranoica de MAGA totalmente enloquecida”? La mujer era tan burra que a punto estuvo de arruinar el país ella sola, a resultas de lo cual batiría el récord británico de menos tiempo de permanencia en el número 10 de Downing Street. Si prescindimos –por ahora, solo por ahora– de la apostilla de ser una “conspiranoica de MAGA totalmente enloquecida”, quien en España más se aproxima al perfil de Truss esbozado por Dunt es la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso. Acaba de demostrarlo una vez más yéndose a México a dar lecciones de historia no ya sin ser historiadora, sino seguramente sin haber leído un maldito libro serio de historia del descubrimiento y la conquista de América.
Dos. Bofetada sin mano
No contenta con las sandeces históricas que dijo allí y que la obligaron, aunque sin ser plenamente consciente del ridículo internacional que había hecho, a un precipitado regreso a España con el rabo entre las piernas, ya de vuelta a casa la presidenta madrileña ha seguido insistiendo en las mismas necedades, la última de ellas ayer mismo en la Asamblea de Madrid, donde sentenció: “México no existió hasta que llegaron los españoles”. La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, le replicaba invitándola pasar más tiempo en aquel país: “Aprendería mucho”. Bofetada sin mano de la mandataria azteca. Aun con todo, mucha gente patriota de España se siente concernida, irritada o incluso encolerizada cuando alguien, desde el otro lado del océano o desde aquí mismo, emite un juicio severo sobre la ‘gesta imperial’ hispana. Muchos españoles llegan a admitir que en aquella epopeya hubo luces y sombras, pero difícilmente admitirían la ferocidad e iniquidad congénitas que conlleva invadir un territorio remoto para apoderarse de sus riquezas y, de paso pero solo de paso, evangelizar a la fuerza y bajo amenazas a sus inermes habitantes.
Tres. Es por vuestro bien
Para justificar sus acciones invasoras, el colonialismo necesita apelar a lo subdesarrollados, primitivos o brutales que eran los colonizados, de modo que la conquista de México por Hernán Cortés habría valido la pena a la vista de los avances habidos siglos después allí: “Mirad, cuánto han progresado aquellos pobres indígenas”. Quienes defienden los beneficios de la conquista piensan en los americanos de hoy, no en sus antepasados masacrados por los europeos. ¿Progreso? Claro que ha habido progreso, pero ¿acaso los aztecas no habrían progresado por su cuenta sin haber sido sojuzgados por extranjeros? Si Europa dejó atrás la esclavitud, la tortura o la quema de brujas y herejes, ¿por qué las sociedades mayas o aztecas no podrían haber hecho lo mismo con los sacrificios humanos o la antropofagia ritual sin necesidad de la intervención europea?
Cuatro. Matar, saquear, evangelizar
Pero aparte de ello, ¿cuál era el móvil para que los castellanos de aquel tiempo dejaran sus hogares y se echaran al mar en un viaje tan peligroso e incierto? ¿Los movía el deseo de evangelizar a los indios o más bien el sueño de obtener una riquezas de las que solo cabía apropiarse quitándoselas a quienes allí habitaban y, obviamente, matándolos si no se dejaban saquear? La naturaleza de todo colonialismo es siempre bastante parecida, ¿o acaso cuando César arrasó la Galia en una brutal campaña que ha sido considerada “el primer genocidio conocido de la historia” su móvil era civilizar el territorio y no, como efectivamente sucedió, hacer caja con los tesoros arrebatados, sumar nuevos territorios a Roma y fortalecer su posición política en la República de cara a convertirse en el líder máximo que finalmente sería, aunque por poco tiempo?
Cinco. Invasión alienígena
A quienes, como Ayuso, con tanto ardor y convicción defienden las bondades de invadir y saquear un territorio con la excusa de hacer progresar a sus habitantes habría que plantearles este dilema: ¿estarían de acuerdo con que invadiera y saqueara la Tierra un poderoso ejército de extraterrestres enviado por el gobierno de una remota civilización muchísimo más avanzada que la nuestra tanto material como éticamente, y que los invasores justificaran la inevitable masacre de terrícolas apelando a los beneficios futuros de unos sojuzgados obviamente tan primitivos e inmorales como para permitir que millones de niños murieran hambre cada año mientras una exigua minoría acaparaba la mayor parte de la riqueza del planeta? Los invasores dirían que nos mataban por nuestro bien. Siglos después, sus descendientes más semianalfabetos proclamarían: “La Tierra no existió hasta que llegamos nosotros”.