Régimen Abierto

Antonio Avendaño

Pedro no es noruego; Felipe, tampoco

En España el Manual de Responsabilidades Políticas opera como esas leyes que jamás se aplican porque no hay un reglamento que las desarrolle

1. Casos y casos

En la legislatura 93-96 al Gobierno de Felipe Gonzàlez se le acumularon en los juzgados y en la prensa estos casos de corrupción: caso Roldán, caso Filesa, caso Ibercorp, caso Salanueva, caso escuchas del CSID, caso GAL... La oposición le exigía Felipe González que dimitiera y convocara elecciones porque el hedor de las cloacas gubernamentales era insoportable, pero el presidente resistió: solo se decidió a adelantar elecciones cuando perdió el apoyo de su principal socio, que entonces era CiU. El Felipe González de entonces sabía que convocar elecciones forzado por los casos de corrupción era un suicidio político, y por eso no lo hizo. El Felipe Gonzàlez que ahora le pide a su compañero de partido Pedro Sánchez que haga lo que él no hizo no es el mismo de entonces: al Felipe de hoy no le indignan las mismas cosas que al secretario general del PSOE y presidente del Gobierno de antaño. Por sus indignaciones les conoceréis.



2. Opciones y opciones

Sánchez eligió a dos sinvergüenzas para ocupar las más altas responsabilidades en el partido o en el Gobierno, por tanto “hay una responsabilidad política evidente”, a resultas de la cual el presidente del Gobierno “solo tiene dos opciones: dimitir o convocar elecciones”. El razonamiento de González es impecable y, de hecho, sería de inmediata aplicación… en cualquier país nórdico. No en España, donde el Manual de Responsabilidades Políticas opera como esas leyes que nunca acaban de aplicarse porque no hay un reglamento que las desarrolle. De hecho, González no se aplicó a sí mismo ese Manual cuya aplicación exige a Sánchez con tanto celo.

3. Felipe y Felipe

¿Significa todo esto que González es un hipócrita? No necesariamente. Significa, si acaso, que el expresidente socialista no es hoy el hombre que fue ayer. Es alguien que bien podría recitar para sí los célebres versos del ‘Romance sonámbulo’ de Lorca: “Pero yo ya no soy yo/ ni mi casa es ya mi casa”. Felipe ya está en el selecto paquete de antiguos izquierdistas que o bien se han pasado directamente a la derecha, o bien les indignan más las cosas que hace o podría hacer la izquierda que las cosas que hace o podría hacer la derecha, incluida la de gobernar con la extrema derecha. Fernando Savater, Andrés Trapiello, Juan Luis Cebrián, Félix de Azúa, Arcadi Espada, Albert Boadella: nombres muy relevantes de la intelectualidad, el periodismo o la política a quienes se les disparan las transaminasas de la indignación si ven gobernar a la izquierda, pero respirarían perfectamente tranquilos si lo hiciera la derecha en alianza con la ultraderecha.

4. Mariano y Alberto

A la pregunta de si Sánchez debe dimitir y/o convocar elecciones tal como le exige González, el presidente bien podría responder como aquel marido del chiste al que preguntaban si su mujer era guapa: “¿Comparada con quién?”. Comparado con sus homólogos de Noruega, Dinamarca o Finlandia, la respuesta es inequívoca: Sánchez debería dimitir; comparado en cambio con los estándares de conducta de los políticos españoles, de izquierda o de derechas, la respuesta no es menos inequívoca: más bien no. Mariano Rajoy no dimitió cuando el partido que presidía fue condenado en firme por corrupción. Ni lo hizo Alberto Núñez Feijóo como presidente de Galicia cuando se descubrió su estrecha relación con un narcotraficante. Ni, por supuesto, Felipe González cuando se vio acosado por la corrupción o los crímenes de Estado. Felipe y las derechas se indignan porque Sánchez no se está comportando como un noruego, pero olvidan que ellos tampoco se pusieron muy nórdicos que digamos cuando les tocaba hacerlo.

5. ¡Cómo hemos cambiado!

Seríamos, desde luego, un país mejor si nuestros estándares de conducta en materia de responsabilidad política fueran equiparables a los vigentes de los países del norte de Europa. ¿Llegará ese día? Tal vez. Este es un país que ha mejorado en muchas cosas a lo largo de los últimos 50 años, verdaderamente en muchas, algunas de las cuales jamás habríamos imaginado. ¿Mejoraremos también en corrupción y en asumir responsabilidades políticas cuando toca? Hace unas pocas décadas nos habríamos burlado sin piedad de la pretensión gubernamental de prohibir el tabaco en los bares y restaurantes; hoy todos estamos encantados con la prohibición, pero hizo falta una ley, una ley valiente para ayudarnos a pensar lo que pensamos hoy. Desarrollar un buen Manual de Responsabilidades Políticas y, lo más importante, comprometerse a cumplirlo sería no imposible pero sí más complicado, como quedó tristemente demostrado con el Pacto Antitransfuguismo suscrito por todos los partidos en el año 1998 pero incumplido por no pocos de sus firmantes cuando su cumplimiento implicaba una pérdida significativa de poder. Ser noruego no es tan fácil como sugiere Felipe.